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Venezolanos en Houston sienten la libertad

Una creciente comunidad que trajo su cultura a nuestra ciudad; algunos llegaron perseguidos, otros huyendo de la pobreza, pero todos con la esperanza de ver a su país libre.

by Domingo Banda

Después de treinta años de vivir en Houston, he visto de primera mano el crecimiento de la comunidad venezolana en nuestra ciudad. Crecí en un  vecindario predominantemente mexicano y centroamericano, entonces conocer a alguien de Venezuela no era muy común. Además, en nuestra ciudad la comunidad de ese país no era tan extensa; hablo de hace varios años. 

Sin embargo, en las pasadas décadas los venezolanos llegaron a la ciudad espacial en grandes números. Tanto así, que conforme ha pasado el tiempo y he trabajado en esta industria, he tenido la oportunidad y la bendición de conocer maravillosas personas venezolanas. Me ha tocado trabajar con excelentes compañeros de trabajo, he mantenido buenas amistades y compartido con esa comunidad. 

Ha sido un placer poder compartir momentos, probar su comida y, al final de todo, tener esa conexión latina que Houston ofrece. 

Sin embargo, detrás de todas las vivencias que yo pudiera compartir sobre mi relación con los venezolanos, hay muchas historias que han compartido sobre el motivo por el que han emigrado a nuestra región. 

La población venezolana en el área metropolitana de Houston se triplicó con creces entre 2012 y 2022, superando los 50,000 residentes en toda la zona metropolitana, según datos de Migration Policy Institute.

El área oeste de la ciudad, para ser específico, el suburbio de Katy, es donde se concentra la mayoría de los venezolanos; incluso todos le apodamos “Katyzuela”.

Quienes están aquí tuvieron que huir de ese país luego de finales de los 90, cuando comenzó la presidencia de Hugo Chávez, que transformó a ese país en uno bajo la mano dura de una dictadura. 

Una compañera periodista compartió cómo tuvo que salir y buscar asilo en este país al ser perseguida por el régimen de Chávez. Ella y su esposo dejaron todo atrás y no volvieron a ver a seres queridos que fallecieron, porque no pudieron regresar. Un joven que conocí hace poco ha contado los peligros que enfrentó para llegar a Estados Unidos, cruzando la selva del Darién, y cómo tuvo que hacer varias paradas y trabajar como peluquero para ir completando su viaje.  

He tenido la oportunidad de cubrir manifestaciones y conferencias durante varias etapas de la comunidad venezolana que ha trabajado de forma incansable para pedir la libertad desde el exilio.      

También la situación de una conocida que ve frente a ella la oportunidad de quedarse en este país ahora que llegó a su fin el TPS. La angustia con la que viven día a día viendo las noticias y pidiendo a Dios que el gobierno se compadezca y extienda la protección para que puedan permanecer aquí. 

Recuerdo en la redacción donde trabajaba el júbilo que dio a mis compañeros venezolanos cuando murió Chávez, tal vez contradictorio, pero para ellos era una esperanza de volver a su país o de que sus seres queridos tuvieran una mejor vida.

Ese mismo júbilo lo sentimos este pasado 3 de enero, cuando Nicolás Maduro fue arrestado y se terminó con 13 años de régimen.  

Mis perfiles de redes sociales se inundaron de publicaciones de conocidos y amigos que celebraban esa luz de esperanza para su país.

Hoy, entre los 8 millones de exiliados venezolanos, los que residen en el área de Houston tienen la ilusión de ver su país libre y quizás pronto regresar, tal vez no para quedarse, sino para ser testigos de la libertad. Sin embargo, su presencia aquí sigue enriqueciendo con su cultura y su gran comunidad.   

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