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Y sí, “es más que un simple juego”

El fútbol y la capacidad que tiene para tocar los corazones de millones y unirlos a vivir la magia de los partidos.

by Domingo Banda

La canción oficial de la FIFA que se escucha en los estadios, “DNA (More Than A Game)”, desde su título hasta las frases dentro de su letra, afirma lo que pude descubrir en este mundial: “Es más que un simple juego”. Casi toda mi vida he visto el fútbol desde afuera, desde lejos, pensando que soy fanático y que un partido sí me puede entretener, pero no mover.

El anuncio de este Mundial 2026 viniendo a Houston se miraba como una oportunidad para experimentarlo desde la perspectiva periodística. Un lugar que siempre nos pone en primera fila a eventos únicos e importantes. Lo que no imaginé era que tendría la oportunidad de vivir un juego desde la tribuna.     

Desde ese día mi perspectiva cambió; desde ese momento veo las cosas diferentes, quizás no soy más fanático del fútbol, pero sí comprendo muchas cosas que antes ni siquiera hubiera pensado. 

No solo fue el momento histórico de ver rodar la pelota mundialista en un estadio de Houston, ciudad que me ha cobijado durante tantos años de mi vida; también fue la emoción de ver lo que miles esperaban llegar a casa. 

Además de sentirme privilegiado al tener un asiento en el estadio, ese que muchos fanáticos hubiesen deseado tener y tal vez no alcanzaron o no pudieron conseguir, entonces mi meta era disfrutar por mí y por ellos. 

“Dios es redondo”, dice el cronista mexicano Juan Villoro, mientras que el sociólogo Eduardo Galeano decía que el fútbol es la única religión que no tiene ateos.  Que desata pasiones, crea comunidades y eleva a sus mejores jugadores a un estatus de deidad popular. 

En primera persona, logré constatar; tal vez yo no me atreviera a decir que es Dios, por mis creencias, pero lo que sí pude sentir es que el fútbol tiene espíritu y vida propia.  Ese espíritu logra poseer a los presentes en el estadio y a millones por medio de la pantalla.  Los hace sentir, vibrar y emocionarse; es algo vivo que mueve a cualquiera, que no discrimina por edad, sexo o raza.  

Eso mismo sentí yo. En cuanto se llegó el día del partido entre Alemania y Curazao, la emoción me invadió en cuanto supe que estaba por salir a ser parte de un mundial de fútbol.

Algo que ni en mis sueños más remotos hubiese pensado. Pensar en el mundial me llenó de nostalgia cuando recordé el primer mundial del que tengo conciencia, que fue Italia 90. No recuerdo los juegos, no recuerdo los jugadores; lo que sí recuerdo era la emoción de uno de mis hermanos mayores y sus amigos que iban a la tienda de la esquina a ver los partidos porque allí sí tenían televisión. 

Ya para el 94, mi papá nos tenía un televisor con satélite para ver los juegos. De ese mundial en Estados Unidos, lo que me acuerdo es de la mascota, un perrito, y los coloridos trajes del portero de México, Jorge Campos.  

Quién me iba a decir que 32 años más tarde estaría aquí en este país disfrutando de un juego mundialista. Interactuar con fanáticos, en el tren, llegar y ver la emoción de la gente, la energía, que es algo que jamás olvidaré, y verlos emocionarse por los goles de su equipo, se queda grabado en mi memoria. Ahora pienso diferente, entendiendo los porqués, y espero que este no sea mi único mundial.  

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