Parece mentira que hayan pasado 25 años desde aquella trágica mañana del martes 11 de septiembre del 2001. Recién graduado de la preparatoria, recuerdo que tenía una clase ya en el colegio a las 9:30 de la mañana. Mientras comencé a alistarme, en la sala del departamento donde vivía con mi familia se comentaba lo que pasaba en el World Trade Center. Los aviones ya habían impactado las torres gemelas en Nueva York y a cada rato en la televisión se repetían las imágenes que hasta el día de hoy nos siguen impactando y que están grabadas en la memoria de los estadounidenses.
No se sabía nada, ni se había dado una conclusión, pero ya se hablaba de que era un ataque; aun así, no sabíamos lo que pasaría y menos teníamos idea de cómo a partir de esa mañana cambiaría la vida completa de todo un país.
Recuerdo dirigirme a la escuela y llegar a mi clase donde se comentaba de eso; entonces no había redes sociales, ni teléfonos con internet, así que estábamos en el salón de clases comentando solo lo que habíamos visto esa mañana. Recuerdo que la profesora de la clase de inglés decía que era un hecho muy trágico y se haría parte de la historia. Hasta nos dijo que cuando recordamos esa fecha, recordaremos a detalle todo lo que hacíamos esa mañana, que ese tipo de situaciones se quedan grabadas en la memoria. Dijo que ella recordaba el día que habían asesinado al presidente Kennedy y contó con mucho detalle cómo fue ese día para ella y su familia.
Hoy, a un cuarto de siglo después, veo qué razón tenía Ms. Lee, al encontrarme escribiendo esto, recuerdo el transcurso de esa mañana y cómo a media clase cerraron la escuela y nos pidieron ir a casa y, por medio de los noticieros, vimos cómo se desarrollaba la situación, la tragedia que vino a transformar el mundo.
Será una mañana que quienes estuvimos aquí en este país no vamos a olvidar y que año con año seguiremos recordando y reviviendo tal y como lo vimos el primer día.
Si así me siento yo, me imagino cómo se sentirán las familias de las víctimas, de los bomberos y policías fallecidos, de quienes perdieron padres, hijos, hermanos, amigos y conocidos. Cada año tienen que revivir el dolor de la pérdida y de la impotencia ante los ataques.
Años más tarde, tuve la oportunidad de visitar el sitio donde ocurrió el ataque; aún estaba en construcción la nueva torre y pudimos explorar los alrededores, incluso visitar la capilla de San Pablo, una de las iglesias más antiguas que sobreviven en Manhattan, que sobrevivió el derrumbe de las torres y que sirvió de refugio ese día.
Allí, entre fotos de las víctimas y objetos, se puede sentir esa energía que sólo puede percibirse donde han ocurrido hechos de este tipo, una tristeza que se cuela y que hace las lágrimas rodar. Allí se comprende la magnitud de esta tragedia, allí se siente el dolor y se superan las imágenes que podemos ver en la pantalla.
Es por eso que en este 25 aniversario de los ataques a las torres gemelas, recordamos a todos los fallecidos y sus familias y a un país que se unió para salir adelante.